Vienes...
Te acercas mostrando tu ira, levantando los puños del alma hacia mis miedos. Buscas una excusa para gritar, para destrozarlo todo con tus desgarradoras palabras. Entonces excavas, excavas, excavas, excavas, excavas, excavas, excavas, excavas, excavas... y por fin, encuentras el cofrecillo donde se encuentras mis sentimientos, mis temores, mis lamentos y mis locuras.
Abres el cofre y empiezas a observar su contenido. Lo miras, lo acaricias, y de repente, comienzas a devorarlo agresivamente, estrujando el débil cofrecillo con tus puños indelebles.
Por fin terminas de devorar mis sentimientos, entonces me miras fijamente a los ojos, haces una mueca, eructas ruidosamente frente a mí y te marchas sonriendo, satisfecho por el gran festín.
Detrás de tu impetuoso gesto de saciedad queda mi desolación, mi llanto, mi soledad y mi cofrecillo completamente vacío.
... Quizás mañana vuelvas a llamarme para comprobar si aún queda algo de tristeza que puedas devorar en ese cofrecillo al que llaman alma... Al fin y al cabo, eso es el amor ¿no?
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