. Yo aquí, preocupada por guardar las apariencias, dejandome la piel por no manchar este estúpido y voluminoso traje de princesa. Tapando todas esas cicatrices, rasguños, arañazos y mordiscos que llevo tatuados en la piel. Lavando mi cuerpo con gel de miel y avellanas para que nadie note el olor de mi sexo. Cavando una honda madriguera donde poder esconderme de todos esos dedos inquisidores que señalan desde lo alto...
Ahora me doy la vuelta y me encuentro con todas esas princesitas que antes sospechaban de mi, convertidas en mujeres con cuerpo de reptil, lengua viperina y la piel tatuada. Con más moratones y mordiscos de los que jamás yo hubiera podido imaginar. Y riendo, no sonriendo, ni gimiendo, ni gritando, no, ¡riendo a carcajadas! con la mandibula totalmente desencajada y el pecho desnudo, palpitando como un miembro en erección. Con los labios manchados de carmín, el pelo alborotado y las vestiduras rasgadas, bebiendo sangre en copas de cristal y comiendo bocas, y alientos, y escrotos y vagínas, como en una orgía de sabores, colores y sudor.
Y mientras tanto... mi piel marchitandose, mis escamas pudriendose y mi garganta estrangulandose poco a poco... Que ya se me quedó pequeño el disfráz de Wendy, y este puto Peter Pan ya ni siquiera entra en sus leotrados... Que por no creer no creo ya ni en los cuentos de hadas... y ahora empiezo a sentirme bien...
Esta noche las farolas visten negros zapatos de tacón y largos vestidos tejidos con gotas de lluvia. Bailan apasionados tangos sobre las baldosas de la desesperación, pero solo aquellas que lucen una bonita melena rubia. También hay otras, con los cabellos grises y los vestidos harapientos, que parecen pasar desapercibidas.
Supongo que si miras fijamente su cabellera puedes lograr olvidarte de la belleza de la luna, del tintineo de las estrellas y de los jugueteos de los rayos del sol entre las cuerdas de tender.
El sol… ese extraño desconocido con gabardina de lentejuelas que siempre viaja hacia el oeste montado en una nube de carbón. Como un gato, huraño y desconfiado, desafía a los árboles con caprichosos juegos de azar, teniendo siempre al viento por crupier.
El viento… silencioso y astuto transeúnte que siempre deja huella. Amante infiel de las noches de verano. El indecente aliado de las piernas de las mujeres, sobre todo de aquellas que lucen los tobillos de esa forma que hipnotiza.
Con la mente distraída y la piel lacónica, como un suspiro sin lagrimas, de esos que cortan la piel y hacen sangrar los labios. Avanzando lentamente, huyendo con desgana del tedioso “tac” del reloj, ¡como si no le bastara con el abrumador “tic” de la diástole de esas breves sílabas que se alargan con pereza!
Quizás al cielo no le falten estrellas, quizás sea el brillo de las farolas lo que nos ciegue, los rayos del sol los que nos engañen y el viento lo que nos distraiga con suaves caricias.
Esta noche los adoquines huelen a fracaso, y mi poesía juega una interminable partida de ajedrez con el alcohol de mis venas.
Unas medias de rejilla, un corsé cuidadosamente ajustado, zapato de salón, y un sostén que deja poco a la imaginación...
Cada vez que arrimaba aquél delgado cigarrillo a sus labios rojos, sus ojos se entornaban, como si cada dosis de humo le proporcionara una bocanada de vida. Su mirada era provocativa y lasciva. Sus ojos delataban que era una mujer que no tenía nada que perder, y así era, su alma pertenecía al diablo desde hace muchos años, tantos como arrugas se escondían bajo su maquillaje.
No cantaba demasiado bien, pero sus caderas hipnotizaban incluso al hijo más ejemplar. Cualquier hombre, ¡que digo cualquier hombre!, cualquier persona podía quedarse atrapada en una de tantas curvas que marcaba al ritmo de aquél acordeón desafinado.
Miraba a cada uno de los clientes de forma especial, guiñando un ojo, sonriendo, haciendo muecas, pero si te asomabas a la oscura profundidad de sus ojos podías advertir el vacío, el desolado e inmenso vacío.
Al cabo de los años decidí volver a reencontrarme con aquellos ojos oscuros, escondidos bajo mascara de pestañas azúl electrico, con aquella boca de cereza que te hacía enloquecer incluso antes de rozarte... Un tipo de ojos brillantes me dijo que allí no la encontraría, que había encontrado la felicidad y se había marchado para siempre dejando un rastro de sangre y carmín en el espejo.