Esta noche las farolas visten negros zapatos de tacón y largos vestidos tejidos con gotas de lluvia. Bailan apasionados tangos sobre las baldosas de la desesperación, pero solo aquellas que lucen una bonita melena rubia. También hay otras, con los cabellos grises y los vestidos harapientos, que parecen pasar desapercibidas.
Supongo que si miras fijamente su cabellera puedes lograr olvidarte de la belleza de la luna, del tintineo de las estrellas y de los jugueteos de los rayos del sol entre las cuerdas de tender.
El sol… ese extraño desconocido con gabardina de lentejuelas que siempre viaja hacia el oeste montado en una nube de carbón. Como un gato, huraño y desconfiado, desafía a los árboles con caprichosos juegos de azar, teniendo siempre al viento por crupier.
El viento… silencioso y astuto transeúnte que siempre deja huella. Amante infiel de las noches de verano. El indecente aliado de las piernas de las mujeres, sobre todo de aquellas que lucen los tobillos de esa forma que hipnotiza.
Con la mente distraída y la piel lacónica, como un suspiro sin lagrimas, de esos que cortan la piel y hacen sangrar los labios. Avanzando lentamente, huyendo con desgana del tedioso “tac” del reloj, ¡como si no le bastara con el abrumador “tic” de la diástole de esas breves sílabas que se alargan con pereza!
Quizás al cielo no le falten estrellas, quizás sea el brillo de las farolas lo que nos ciegue, los rayos del sol los que nos engañen y el viento lo que nos distraiga con suaves caricias.
Esta noche los adoquines huelen a fracaso, y mi poesía juega una interminable partida de ajedrez con el alcohol de mis venas.
Todo es diferente si miras al cielo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario