Sístole // diástolE

jueves, 9 de junio de 2011

Historias deformes.

Me crié en la casa de mis padres, una casa grande y luminosa a las afueras de un pueblo tranquilo. Guardo miles de recuerdos de mi infancia y adolescencia allí, miles de hábitos que tenía y que cumplía rigurosamente, como si de un ritual se tratara, y aunque ha pasado el tiempo, cada vez que vuelvo al pueblo me doy cuenta de que sigo teniendo las mismas costumbres y manías.


Algo que siempre me ha gustado hacer es salir al balcón a leer. Mi madre siempre lo ha tenido muy cuidado, con maceteros repletos de geranios y gitanillas, y una mesa de forja con cuatro sillas del mismo estilo al rededor. Junto al balcón hay un gran chopo, por el que se filtra la luz de las puestas de sol. Todas las tardes de verano, a las 8 en punto, ya estaba yo sentada en una de las sillas de forja, enfrascada en cualquier libro.

A esa misma rigurosa hora, a tres descampados de distancia, un vecino daba de comer a sus palomas todos los días, y se quedaba un largo rato apoyado en la ventana, mirando al horizonte, en dirección al balcón de mi casa.


Nunca tuve demasiada relación con mi vecino, aunque parecía bastante simpático cada vez que nos cruzábamos por la calle. Era un hombre de unos 40 y tantos años, alto, con el pelo cada vez menos oscuro, y una barba corta y descuidada. De la azulada tristeza de sus ojos resbalaban unas ojeras oscuras que le impedían ocultar su tristeza. Incluso cuando sonreía, mostrando una gran fila de dientes amarillentos perfectamente colocados, daba la sensación de que rompería a llorar en cualquier momento.


Su mujer se marchó hará ya unos 6 años, según me contó mi madre se fue a vivir a Barcelona, con un picapleitos que la enamoró a base de palabrería y agasajos. Desde entonces construyó un palomar sobre su casa, y cada tarde, a las 8 en punto, sube a darles de comer. A esa misma hora ya estoy yo enfrascada en mi lectura, ajena a todo lo que me rodea. De vez en cuando levanto la cabeza y lo veo allí, apoyado, mirando, como si estuviera compartiendo conmigo las emociones de mi lectura, y aunque la distancia no me deja ver su expresión ni su cara, lo imagino llorando cuando muere uno de los personajes y a mi me resbalan las lagrimas, o cuando ocurre algo emocionante e inesperado, sonriendo con esa melancolía en los labios, a la vez que yo pongo cara de idiota y se me pone la piel de gallina, incluso mirándome con una tierna dulzura cada vez que me enfado con los personajes o me equivoco de renglón.


Supongo que él no sabrá nada de esto, y pasará los atardeceres en la ventana, triste, quizás llorando en silencio, esperando, por si ella decidiera volver con las maletas, las cortinas, y la alegría que se llevó.



Hace un par de años que yo me mudé a la ciudad para estudiar en la universidad, y en el pequeño pisito donde vivo no hay balcón, ni chopo, pero sí un gran puzzle de ventanas frente a la mía, con diferentes vidas detrás de cada una de ellas. Ahora leo apoyada en la ventana, quizás alguien piense que paso las tardes llorando, mirando la calle con tristeza, esperando a que alguien regrese con mi felicidad.

2 comentarios:

  1. Me ha encantado, de verdad, veo calidad porque veo que has puesto carne en el asador.

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  2. Maldita sea... ya he enseñado carne otra vez!! jeje.
    Lo acabo de releer y me ha parecido bastante mediocre, aunque gracias =)

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