
La atmosfera era demasiado gris,
como un pulmón detentado por el alquitrán de los cigarrillos de después.
De después de la gran explosión,
del estallido de sentidos,
del estrepitoso orgasmo de carcajadas,
de las palabras entrecortadas,
de los sollozos y gemidos que se aferran a las mandíbulas
con los dientes apretados. Como piojos en costura.
Todo se impregnó de un intenso almizcle,
tan nauseabundo como embriagador. Casi hipnotizante,
como un puñado de monedas de oro resplandeciente lo eran en la edad Media.
Las calles se cromaron con escombros y ceniza,
como un fino vestido de seda gris envolviendo un cuerpo de mujer.
Todo se desmoronó lentamente,
terrible y agónicamente despacio,
tanto que recordaba al caer de la nieve panda de los días de invierno,
a la flemática arena de los relojes y su caída paulatina e impasible.
Y de repente, en un gesto rápido y decidido como el de un crupier,
todo se tiñó de oscuridad y estalló en pedacitos.
Una pena que nosotros no pudiéramos verlo.
Delirium tremens…
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