Sístole // diástolE

domingo, 27 de febrero de 2011

Soledades conjuntas

Con el mismo forcejeo de todas las noches, consiguió abrir aquella puerta oxidada que tan difícil se lo ponía siempre. Odiaba aquella llave que iba siempre en su bolsillo recordándole que por mucho que intentara evadirse, al final del día tendría que volver, como siempre, sola a su destemplado apartamento. Odiaba el chirrido que hacia la puerta del portal, donde noche si, noche también, encontraba al hijo del vecino buscando bajo la falda de alguna ingenua muchacha. Muy a su pesar, alguna vez que otra deseó ser ella alguna de aquellas niñas que se dejaban desnudar.

No le hizo falta mirar el buzón, sabía que no encontraría mas que facturas. Nada más abrir la puerta de casa, se agachó para acariciar a su gato. Odiaba la idea de envejecer sola junto a él, como una de esas viejas amargadas de las telenovelas que cada vez le hacían llorar más, pero aún así no podía negarle cariño a una de las pocas criaturas que le habían sido fieles.

Odiaba el olor a nada que desprendían los muebles de bajo costo de aquel piso que parecía menguar día a día.
Pensó en devorar una tableta de chocolate, o en abrir una de aquellas botellas de vino que reservaba para los días especialmente malos, pero prefirió irse a dormir cuanto antes para sacar de su cabeza aquel odioso día de oficina. Abrió las sabanas y las encontró impecables. Siempre esperaba ansiosa encontrar una mancha de café o de carmín entre ellas, a sabiendas de que no ocurriria.

Como cada noche, se acostó en el lado izquierdo de aquella cama que siempre le quedaba grande, intentando no moverse demasiado para no comprobar que, efectivamente, el lado derecho seguía estando frío.

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