[...] Y como no sabía que hacer, no hizo nada. Se limitó a permanecer. A desaparecer. A borrar el fin.
A decir verdad, nunca le habían importado los finales, en general. Su impaciencia y su imaginación, es decir, su locura y su prisa, a menudo le incitaban a inventar un final que inevitablemente prevalecía sobre el final real. Miles de finales diferentes. Nunca prestó demasiada atención a los márgenes de la realidad. Nunca prestó demasiada atención.
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