Despertó acelerado, como si el corazón se le hubiera parado durante horas y ahora volviera a palpitar vorazmente, intentado escapar de su pecho. Le ocurría muy a menudo cuando se quedaba dormido estando borracho. Debían ser las 3 de la tarde.
No tenia resaca, en realidad hacía mucho que no tenia uno de esos odiosos despertares en los que el estomago te da vueltas de campana. El alcohol se había convertido en su mejor amigo.
Abrió el frigorífico y vio que solo quedaba una lata de cerveza… desanimado la abrió y la sorbió lentamente, deleitando aquél metálico sabor que tanto detestaba en el fondo.
Miró por la ventana de su habitación. Hacía un bonito día soleado, quizás luego se animaría a salir para comprar más cerveza.
Se quedó un rato mirando las rejas de su ventana. Odiaba esas rejas negras, lo oprimían terriblemente en aquellos
Encendió el ordenador y miró el bullicio de su lista de contactos. Gente que se conectaba, se desconectaba, cambiaban de estado, de frase, de foto, de color…
Pasadas unas horas se aburrió de mirar la gris pantalla del ordenador. Necesitaba alcohol, no podía pensar en otra cosa, en realidad no quería pensar en otra cosa.
Se puso una chaqueta y se dispuso a salir a la calle.
- ¡Mierda! Otra vez…
La puerta no se habría, sus padres se habían ido y se habían vuelto a llevar sus llaves “por equivocación”. No se enfadó, en realidad no le importaba. Nada le importaba.
Se acercó a la cama y se sentó en el borde mientras acariciaba la hoja de aquella navaja que le regaló su abuelo antes de morir… Se dejó hipnotizar por el brillo metálico.
Casi desnudo ante el espejo empuñó la navaja con fuerza y, sin atrever a mirarse a los ojos, rajó lentamente su muñeca. La sangré empezó a teñir la alfombra de un color parduzco. Un suspiro. Una mueca. Un susurro:
- Ahora sé que estoy vivo…
No hay comentarios:
Publicar un comentario