Nos conocimos en un país al que nunca antes había ido, en una ciudad cuyo nombre tan siquiera sabía pronunciar. Era de noche, más bien de madrugada. Del techo de aquel extraño pub colgaban columpios, y en las paredes había ramas y hojas de árbol.
La cerveza era increíblemente barata, lo que condicionaba la cantidad de personas borrachas por metro cuadrado.
Todo el mundo hablaba polaco, como mucho inglés, aunque también había algún que otro austriaco, y también alemanes, portugueses, americanos, griegos, noruegos, italianos, y un rumano bajito que meneaba las caderas a un ritmo increíble.
Él era un chico español, un par de palmos más alto que yo. Era delgado, tenía los ojos marrones y barba de 3 o 4 días. No sabía bailar, o eso me dijo, junto a otro millón de cosas que tanto me costó oír. No me acuerdo de su nombre, y algo me dice que él del mío tampoco, supongo que no era demasiado importante.
Hablamos de mil cosas, a cual más irrelevante y con menos relación entre sí, pero no consigo recordar nada en concreto, supongo que yo diría muchas estupideces, y él demasiadas mentiras, pero lo pasamos bien. Muy bien.
Recuerdo las risas, sus dientes en la oscuridad y las contracciones de su vientre contra el mío en cada carcajada.
Tampoco recuerdo donde vivía, ni que hacía exactamente en Polonia, tan siquiera su cara con claridad... En realidad no recuerdo demasiadas cosas más que su pelo, su boca buscando la mía, y esas manos inquietas que me acariciaban la espalda con extrema delicadeza. No le di mi número de teléfono, ni mi dirección, ni mi e-mail, y él tampoco me dio el suyo, solo me dejó un garabato indescifrable en la muñeca y un leve rastro de miel en los labios.
Quizás es por eso que lo recuerdo como algo precioso, precisamente porque apenas lo recuerdo…
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